Vivir de las trompadas y morir a balazos fue el destino breve y trágico de Oscar Bonavena en este valle de lágrimas. Con poco más de 34 años, el hombre que siempre fue un niño grande falleció asesinado en un cabaret de Reno, en el desierto de Nevada. Muy lejos de Patricios, Pompeya y de todos sus afectos, solo y en la madrugada, enfrentó las balas. El tirador tuvo puntería quirúrgica.

El crimen ocurrió el 22 de mayo de 1976. En ese momento, la dictadura de Videla-Massera-Agosti, que tres meses antes había cerrado todas las casas de los argentinos mientras su maquinaria de terror salía a cazar, no pudo contener una de las manifestaciones populares más masivas que se recuerdan en Buenos Aires.
Según distintas fuentes, entre 100 mil y 200 mil personas colapsaron la avenida Corrientes hasta el Bajo porteño y se organizaron en una respetuosa hilera para ingresar al Luna Park y despedir al campeón. A su campeón. A ese hombre que dividía aguas entre los aficionados por su estilo poco ortodoxo, sus fanfarronadas y su lengua larga, larguísima, pero que el crimen había unido. Habían asesinado a un argentino. A un macho, según los parámetros de la época. Y lo habían matado en Estados Unidos, a manos de empleados de un mafioso siciliano. Cincuenta años después, se sospecha que si hubieran podido, esas miles de personas que fueron a rendirle homenaje le habrían declarado la guerra a los norteamericanos.
Ringo. En uno de sus viajes a Nueva York lo confundieron con el baterista de Los Beatles por su corte de pelo. A Oscar Natalio le gustó y pidió que lo llamaran Ringo. Así quedó. “Díganme Ringo”, del periodista Ezequiel Fernández Moores, es quizás la mejor biografía del hombre que, antes de ser Ringo, en el barrio fue Titi, cuando su madre Dominga preparaba los ravioles domingos para la familia y amigos. Titi, Ringo o Bonavena fue un fenómeno popular. El crimen y la tragedia ampliaron la figura de un boxeador que no era brillante, pero desbordaba guapeza en cada combate.
Todo fue desmesura en la vida de Bonavena. Comenzó a entrenar en el gimnasio de San Lorenzo, hasta que un día orinó al aire libre en la pileta del club, según relata en una de sus crónicas Ernesto Cherquis Bialo. Fue expulsado, y con voz de flauta les dijo a sus amigos: “No importa, nos vamos a Huracán”. Así llegó a Huracán, club del que fue fanático desde niño y luego embajador informal durante toda su vida. Su estatua, con guantes y vestimenta de boxeador, aún está en la platea Miravé.
Su carrera deportiva fue breve y sencilla de resumir. En los Panamericanos de 1963 en Brasil, mordió una tetilla de Lee Carr, fue descalificado y la Federación Argentina de Boxeo (FAB) lo suspendió para pelear en el país. Esto solo aceleró lo que Bonavena ya planeaba: buscar la gloria y el dinero en Estados Unidos. Vivió en un pequeño cuartucho en Queens, compraba el New York Times para protegerse del frío y buscaba combates. En 1964 ganó siete peleas por nocaut y una por fallo unánime. Para los americanos era un exotismo, para sus seguidores argentinos un motivo de orgullo. Los intolerantes, que no soportaban su desafío constante ni la pedantería basada en sus pies planos, deseaban fervientemente su derrota.
En 1965 su combate con el campeón Gregorio Peralta fue legendario. Desde que se anunció hasta cuando Oscar ganó en una noche memorable de Luna Park el 4 de septiembre, pareció el inicio de la primavera para el grandulón de Patricios. La hinchada de Huracán cantaba: “Yo soy del barrio, del barrio de la Quema; yo soy del barrio de Ringo Bonavena.” Ringo, más de un domingo, paseaba por la callecita del Ducó, saludando a la multitud. Desde Gatica no había aparecido un boxeador con tal carisma.
De regreso en Estados Unidos, peleó y perdió con Zora Folley, volvió para el combate estelar contra Peralta, regresó al norte y cayó ante Joe Frazier y Jimmy Ellis, pero venció a George Chuvalo. También superó al alemán Karl Mildenberger en Frankfurt, en una eliminatoria para buscar rival a Muhammad Alí, quien regresaba tras la suspensión por negarse a ir a la guerra de Vietnam. Alí, el gran “Dios Alí”, siempre fue el objetivo de Bonavena.
La previa del combate en el Madison Square Garden fue un espectáculo que duró semanas. En la rueda de prensa y tras el pesaje, Oscar intentó provocarlo constantemente: “Chicken… sos un chicken… no quisiste ir a la guerra”, le dijo. “¿Alí? ¿Por qué te llamás Alí si sos Cassius Clay?” El genio no respondía hasta que estuvieron frente a frente. La pelea del 7 de diciembre de 1970 fue televisada y alcanzó un rating de 79,3 en Argentina, récord solo superado en la semifinal del Mundial 1990 entre Argentina e Italia en Nápoles. Alí ganó, naturalmente, pero Ringo estuvo a la altura, con pura guapeza y amor propio. En el duodécimo y último
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