A pesar de contar con numerosas empresas fantasma a nombre propio y de terceros, realizar gastos con tarjetas de débito, exhibirse en redes sociales y dejar evidencias en múltiples lugares, los integrantes de esta organización creyeron que no serían descubiertos. Pensaron que el complejo entramado financiero, montado por dos familias con la colaboración de escribanos y contadores, permitiría mantener un flujo constante de dinero sin activar alertas.

En parte tenían razón: lograban mover cerca de 500 millones de pesos mensuales sin despertar sospechas bancarias.
Se trata de una banda integrada por «familias bien» de la zona norte del Gran Buenos Aires, que operaba un complejo esquema de estafas combinado con lavado de dinero durante al menos dos años. Sus líderes fueron detenidos la semana pasada tras un operativo simultáneo que incluyó 21 allanamientos en la Ciudad de Buenos Aires y el conurbano bonaerense, con un total de ocho arrestados.
En el procedimiento se incautaron más de 250.000 dólares en efectivo, vehículos, dispositivos electrónicos y principalmente documentación, clave para comprender el funcionamiento de un circuito financiero que sorprendió a los propios investigadores.
«Lo que encontramos fue una olla de porquería», confesó a Clarín un fiscal a cargo de la investigación. En los antecedentes delictivos de la banda se detectaron operaciones que iban desde trading falso hasta el uso de empresas fantasma.
El caso comenzó a raíz de la denuncia de una víctima en Puerto Madryn, Chubut, a fines de 2025. La denunciante relató que había sido convocada a un grupo de inversiones difundido por redes sociales, que prometía rendimientos superiores a los habituales. Para participar, debían descargar una aplicación fraudulenta donde se mostraban aumentos ficticios de ganancias, similar al esquema ya detectado en San Pedro con la falsa app de trading RainbowEx.
La víctima decidió invertir y, durante un tiempo, recibió pagos en efectivo. «Generalmente, estas organizaciones devuelven a la víctima la primera ganancia para ganar confianza. Si uno pone 300 mil pesos, a los 10 días retira 350 mil, lo que genera una excelente ganancia. Así, la persona confía y termina invirtiendo sumas mayores», explicó Fernando Rivarola, fiscal especializado en Cibercrimen de Puerto Madryn, en una conferencia de prensa.
La víctima llegó a invertir cerca de 100 millones de pesos, capital que incluía el ahorro de toda su vida e incluso una herencia. Tras un tiempo de pagos, los estafadores desaparecieron, utilizando excusas diversas, como supuestas restricciones del Banco Central para cancelar compromisos, pero en realidad se trataba de un engaño.
Una particularidad del esquema Ponzi implementado era que tentaban a las víctimas a invertir en empresas que supuestamente necesitaban financiamiento. Al buscar dichas compañías en Internet, estas aparecían constituidas, aunque se trataba de sociedades fantasma creadas por la banda. En sus balances figuraban pocos movimientos, vinculados principalmente a la compra de autos de alta gama para “transportar accionistas”, aunque en la práctica los vehículos eran utilizados por los mismos miembros de la organización.
Este fraude piramidal consistía en pagar a los inversores con el dinero aportado por nuevos participantes.
Para blanquear el capital, contaban con la colaboración de escribanos y contadores que creaban empresas fantasma a nombre de indigentes, personas en situación de calle o con domicilios en el barrio 1-11-14 del Bajo Flores. Todo este entramado societario fue creado en apenas una semana. Los titulares de dichas empresas transferían el dinero de las llamadas «cuentas mula» a otras cuentas vinculadas a la organización criminal.
Entre las compañías detectadas había una empresa de turismo ubicada en el microcentro porteño que recibía efectivo y simulaba vender pasajes al exterior, lo que les permitía además comprar dólares al valor oficial. También operaban en varias cuevas financieras en el centro de la ciudad.
«Encontramos empresas que declaraban gastos de un millón de pesos, pero sus cuentas reflejaban movimientos cien veces mayores. Era un descontrol total», resumió un investigador.
Otra vía utilizada para blanquear los ingresos era una empresa que utilizaba el dinero de las estafas para importar productos desde el exterior y luego revenderlos por internet. También contaban con una inmobiliaria dedicada al alquiler de propiedades.
Un tercer método para hacer circular el dinero era a través del servicio denominado “Pago tus cuentas”. Ofrecían a empresas y particulares actuar como intermediarios para saldar deudas, como pagos a proveedores o cuotas escolares, recibiendo dólares en efectivo a un tipo de cambio superior al oficial y efectuando luego la cancelación mediante transferencias bancarias. Así, obtenían dinero en efectivo y blanqueaban el movimiento en las cuentas de las empresas fantasma.
Con este mecanismo, la banda movió entre 400 y 500 millones de pesos, además de adquirir automóviles, inmuebles y generar efectivo en caja. «Tenemos una proveedora de plástico a la que le pagaron facturas por más de 100 millones de pesos contra entrega de dólares», indicó Rivarola.
El fiscal describió como “verdaderos enjambres de cuentas” las múltiples operaciones que realizaba la organización para disimular el fraude. «Parte del dinero transitó por 40 cuentas de cuatro empresas. Otra parte pasó por una persona física, que hasta donde pudimos rastrear, es un expresidiario cuyos últimos domicilios son viviendas tomadas por personas en situación de calle», señaló.
La banda estaba conformada por dos familias de la zona norte del Gran Buenos Aires, que se desplazaban por San Isidro, Acassuso y Martínez, donde los investigadores hallaron viviendas de lujo. Una de las familias estaba integrada por
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